Escríbenos y te contactamos
Explora Adelantta
Descarga nuestro ebook
Por Juan Carlos Sánchez
Director General | AdelantTa
En torno a la inteligencia artificial se están diciendo muchas cosas, y no siempre con el rigor necesario. Por un lado, se repite que viene una destrucción masiva de empleo. Por otro, se intenta tranquilizar diciendo que no pasa nada, que la IA solo ayuda y que, en el fondo, todo seguirá igual. A mi juicio, las dos visiones simplifican demasiado.
Lo que estamos viendo es algo distinto, y quizá más importante. La IA no está provocando todavía una caída general del empleo, pero sí está alterando con bastante profundidad la lógica interna de muchas profesiones. Está cambiando qué tareas tienen valor, qué perfiles resultan más rentables para las empresas y, sobre todo, quién tiene hoy más difícil entrar en el mercado laboral.
Ese es, precisamente, el interés de un estudio reciente de Anthropic. Más allá de que proceda de una empresa directamente implicada en el desarrollo de esta tecnología, el trabajo que han hecho tiene un valor claro. Intenta medir no solo lo que la IA podría hacer en teoría, sino lo que ya está haciendo realmente en contextos profesionales. Y esa diferencia es fundamental.
Durante bastante tiempo hemos debatido sobre automatización a partir de escenarios hipotéticos. Ahora empezamos a tener señales más cercanas al uso real. Y lo que esas señales apuntan no es, de momento, a un apocalipsis laboral inmediato, sino a una transformación silenciosa y desigual.
La primera idea que conviene dejar clara es que la IA sigue lejos de automatizar todo lo que, teóricamente, podría automatizar. Eso debería servir para enfriar tanto los miedos exagerados como ciertos discursos grandilocuentes. Pero hay una segunda conclusión que me parece aún más importante, que no es otra que aunque la penetración real todavía esté por debajo del potencial tecnológico, la dirección es muy clara. La IA está avanzando justo sobre aquellas tareas que ya se consideraban especialmente expuestas, como son la redacción, clasificación, síntesis, atención estructurada, análisis repetitivo, tratamiento de información y producción cognitiva relativamente estandarizable.
Y eso cambia bastante el marco clásico de la automatización.
Durante décadas, cuando se hablaba de tecnología y destrucción de empleo, el imaginario se iba enseguida al trabajo manual, industrial o físico. Sin embargo, en esta fase, los perfiles más expuestos no son el camarero, el albañil o el mecánico. Son, más bien, el programador en determinadas tareas, el analista, el administrativo, el perfil de atención al cliente, el trabajador de back office, el profesional que documenta, resume, revisa, clasifica o produce primeras versiones de contenido o análisis.
La IA está entrando primero en el trabajo intelectual estructurado, no tanto en el manual.
Y eso, en España, tiene bastante más importancia de la que parece. Porque nuestro mercado laboral no solo tiene debilidades conocidas en desempleo juvenil, temporalidad o dificultad de acceso al primer empleo. También tiene un número muy alto de ocupaciones cualificadas apoyadas en tareas rutinarias de oficina, conocimiento codificado y producción documental o analítica. Es decir, una parte importante del empleo cualificado español está precisamente en la zona donde la IA puede generar más presión.
Aquí aparece una de las cuestiones más delicadas del momento. El impacto principal de la IA no parece estar siendo, por ahora, el despido masivo. Está siendo, más bien, la no contratación o la contratación más selectiva. Ese matiz cambia mucho las cosas. La empresa no siempre prescinde del profesional que ya tiene; a menudo lo que hace es evitar incorporar a uno nuevo para tareas que antes sí justificaban una posición junior.
Esto encaja con algo que muchas organizaciones están empezando a hacer, aunque no siempre lo verbalicen así. Donde antes necesitaban varios perfiles de entrada para producir documentación, análisis preliminar, reporting, apoyo a cliente o tratamiento de información, ahora pueden funcionar con menos personas y más apoyo tecnológico. No porque la IA sustituya completamente el trabajo, sino porque reduce el volumen de trabajo básico que servía como puerta de entrada para aprender.
Y aquí está uno de los riesgos más serios para España. Si ya teníamos un problema de acceso al primer empleo cualificado, y ahora además el valor del junior clásico se reduce, podemos encontrarnos con una generación que no sea expulsada del mercado de trabajo, pero sí ralentizada, desplazada o bloqueada en su acceso a ciertas profesiones. No es un drama repentino. Es algo peor: una erosión silenciosa.
Por eso creo que es un error plantear este debate solo en términos de “la IA quita empleos” o “la IA crea empleos”. La cuestión de fondo es otra. La IA está reordenando el valor profesional dentro de las empresas. Y eso obliga tanto a los profesionales como a las organizaciones a reaccionar con más profundidad de la que estamos viendo.
Para los profesionales, el primer mensaje importante es que ya no basta con saber hacer tareas. Cada vez será más importante saber decidir, interpretar, supervisar, priorizar y responder con criterio. La IA puede ayudar mucho a producir un borrador, resumir un informe, estructurar una presentación o preparar una primera propuesta. Pero sigue necesitando supervisión, contexto, criterio, comprensión del negocio, lectura de matices y responsabilidad. El profesional que solo ejecuta tiene más riesgo. El que entiende, corrige, decide y conecta piezas gana valor.
Esto afecta especialmente a los perfiles jóvenes. Durante mucho tiempo, el junior aportaba sobre todo conocimiento técnico inicial, capacidad de trabajo, orden, disciplina y horas de ejecución. Hoy eso ya no basta. No porque haya dejado de tener mérito, sino porque parte de ese valor se puede obtener de otra manera. El profesional que empieza tendrá que desarrollar antes capacidades que antes se adquirían más adelante, como el criterio, interlocución, pensamiento aplicado, capacidad de supervisión y comprensión real del negocio. Dicho claramente, el mercado va a exigir madurez profesional antes.
Tampoco sirve, en este contexto, tranquilizarse con la idea de que todo se resuelve haciendo un curso rápido sobre ChatGPT. Ese es uno de los grandes autoengaños de muchas empresas y también de muchos profesionales. Saber usar una herramienta de IA de forma básica no genera una ventaja competitiva seria. Como mucho, evita quedarse muy atrás. Pero la diferencia real estará en otra parte, que será en integrar bien la IA en el trabajo, entender sus límites, revisar sus errores, aprovecharla con criterio y aportar aquello que la herramienta no puede asumir por sí sola.
Y aquí entran de lleno las empresas y sus políticas de recursos humanos.
Una organización que quiera adaptarse de verdad a este escenario no puede limitarse a comprar licencias, hacer una sesión formativa genérica y dar el tema por resuelto. Tiene que revisar sus puestos, sus procesos, sus itinerarios de desarrollo y sus criterios de evaluación. Tiene que preguntarse qué parte de cada función es automatizable, qué parte es asistible y qué parte exige de verdad juicio humano. Tiene que repensar cómo se forma a los perfiles junior si las tareas básicas ya no sirven igual como escalón de entrada. Tiene que dejar de medir presencia o actividad superficial y empezar a medir resultado, calidad, criterio y contribución real.
Además, en el terreno de los recursos humanos hay un elemento adicional que no conviene banalizar. La IA no es solo una cuestión de productividad. También es una cuestión de riesgo, gobernanza y responsabilidad. Especialmente cuando se usa en selección, evaluación, clasificación de candidatos o decisiones que afectan a personas. Ahí no basta con “usar herramientas modernas”. Hace falta criterio organizativo, supervisión humana, trazabilidad y política interna seria.
Por eso, a mi juicio, las empresas que mejor van a gestionar esta transición no serán las que hablen más de IA, sino las que sean capaces de hacer cuatro cosas bien:
En el fondo, la pregunta seria no es si la IA va a quitar trabajo en abstracto. La pregunta es si cada profesional y cada empresa están aportando algo que no pueda replicarse fácilmente con tecnología. Y esa es una pregunta mucho más exigente, pero también mucho más útil.
Porque la IA no está acabando aún con el empleo. Lo que está haciendo es cambiar las condiciones del juego. Está alterando qué se paga, qué se valora, qué se aprende primero y qué deja de ser suficiente. Y en un país como España, donde el acceso al trabajo cualificado ya era frágil para mucha gente joven, convendría tomarse este cambio muy en serio.
No desde el miedo. Pero tampoco desde la ingenuidad.